Estatizando y expropiando nuestro futuro

El país ha limitado, a través de la educación fundamentalmente, pero también desde el punto de vista económico, las posibilidades de decidir dónde queremos desarrollar nuestra vida.

 

Por Alfredo Romano | 28 de Julio de 2020
 

En los años que llevo ejerciendo mi carrera profesional, han ocurrido por lo menos cuatro blanqueos de capitales, cinco moratorias impositivas, dos defaults de deuda soberana, hubo más de diez presidentes del Banco Central, trece ministros de Economía y un sinfín de propuestas económicas, políticas y sociales para salir de la triste decadencia en la que estamos atrapados desde hace décadas. Debo aclarar que no estoy transitando mi quinta década de vida, sino que tengo treinta y un años. Por eso, ¡qué difícil es explicarle a un inversor extranjero cómo funciona nuestro país desde el punto de vista regulatorio, fiscal, económico, en materia cambiaria, jurídica y hasta de humor social! Sin embargo, es aún más difícil hoy explicarle a un joven argentino que lleva un puñado de años desarrollando su actividad profesional, emprendimiento u oficio, las razones de por qué vivimos de crisis en crisis. Y todavía mucho más complejo convencerlos de que aquí pueden desarrollar su futuro y su familia. Hago dicha mención ya que cada día es más recurrente escuchar: “Este país no tiene futuro, me quiero ir de Argentina, estoy podrido de los políticos”.

 

En los últimos tiempos hemos vuelto a escuchar las palabras estatizar y expropiar. Dichos términos generan mucho temor por las asociaciones con la Venezuela de Chávez -“¡exprópiese!”- o con la visión comunista de la antigua Unión Soviética; ambos modelos comparten una coartada a la propiedad privada. La palabra estatizar significa según la Real Academia Española convertir algo privado en estatal mientras que expropiar hace referencia a quitar legalmente una propiedad privada a una persona por motivos de interés público. En ese sentido, y viendo los avances significativos del Poder Ejecutivo de turno, con los casos más emblemáticos de expropiación de YPF en el 2012 y en la actualidad con las arremetidas sobre Vicentin o Edesur, analizamos esos hechos en materia empresaria, pero casi nadie lo aborda desde el punto de vista personal.

Oportunidad es una palabra muy poderosa que puede tener distintos significados, pero podríamos decir que es la “circunstancia, momento o medio oportuno para realizar o conseguir algo”. Es decir, no todos siempre tenemos las mismas oportunidades y, lógicamente, no todos podemos conseguir las mismas cosas. No todos en Argentina pueden tienen la oportunidad de construir su futuro en el extranjero. El país ha limitado, a través de la educación fundamentalmente, pero también desde el punto de vista económico, las posibilidades de decidir dónde queremos desarrollar nuestra vida, nuestro futuro. Solo puede hacerlo un sector muy privilegiado del país que, aún bajo las adversidades económicas, ha podido construir sus propias oportunidades en el sector privado, principalmente. Lo verdaderamente conflictivo y dramático de la Argentina es que los gobiernos les han expropiado el futuro a millones de personas.

Argentina es el único caso en la historia económica que pasó de ser una potencial mundial a un país con niveles de pobreza rondando el 50%, con un producto bruto interno de países subdesarrollados y con un nivel de alfabetización en la niñez, adolescencia y adultez bajísimo. También es de los únicos del mundo donde el empleo público creció exponencialmente en los últimos cien años. Donde millones de personas que provenían de una clase media con potenciales “oportunidades” por distintas razones hoy dependen de los subsidios del Estado para sobrevivir, y de planes sociales que han imposibilitado y estatizado y expropiado el futuro de cientos de miles de argentinos. Hoy los jóvenes ven cada día más reducidas sus posibilidades de expatriarse. Por lo tanto, si pensamos que expropiando el futuro de las nuevas generaciones vamos a construir un país más justo y con mayores oportunidades económicas, estamos equivocados, porque los números hablan por sí solos.

 

El autor es director de Romano Group, profesor de la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad Austral y máster en Finanzas y en Economía y Políticas Públicas (Universidad de Columbia)